Ricardo_Tobon
1. COMUNIDADES ORANTES
En el recorrido que estamos haciendo por las características de las primitivas comunidades cristianas, según los Hechos de los Apóstoles, detengámonos hoy a mirarlas como comunidades cimentadas profundamente en la oración. Tanto las comunidades como las personas oran sin cesar, siguiendo así el ejemplo y las enseñanzas de Jesús, a quien los evangelistas nos presentan en diálogo amoroso con el Padre, a lo largo de los días y las noches de su ministerio.
Es significativo que lo primero que aparece en San Lucas, después de narrar la ascensión de Jesús, es el grupo de los ciento veinte en oración (He.1,14). Están cumpliendo la orden de Jesús de esperar la Promesa del Padre, que es el Espíritu Santo (He.1,4). Ellos tan temerosos y débiles sólo podrán ser testigos hasta los confines de la tierra (He.1,8) si los reviste el poder de lo alto, que piden perseverantes en la oración (He.1.14).
Las comunidades, puesto que tienen un carácter sobrenatural, nacen vivificadas por la oración y el ayuno (He.14,23; 20,36). Los momentos decisivos de las personas y de cada comunidad se viven estando todos unidos en la oración (cf. He.3,6; 7,59-60; 9,11-12; 9,34-40; 28,8). La oración de la comunidad acompaña el ministerio y los sufrimientos de los Apóstoles, como cuando Pedro está en la cárcel (cf. He.12,5-12).
Ante las dificultades y la persecución, la comunidad no se lamenta ni se desanima, sino que ora. La comunidad reacciona siempre acudiendo al Señor en cuya omnipotencia encuentran serenidad y fortaleza. La oración le permite ver cómo aun los problemas más graves están integrados en el plan de Dios y lo único que se debe pedir es valentía para seguir predicando a todos el Evangelio (cf. He.4,23-31; 16,25).
Ante las decisiones importantes saben que no bastan las luces humanas y por eso suplican la intervención de Dios. Así ocurre cuando deben elegir el reemplazo de Judas (cf. He.1,24), cuando van a emprender la primera misión (cf. He.13,1-2), cuando deben dar el paso de evangelizar a los paganos (cf He.10,1-16), cuando van a imponer las manos y enviar a nuevos evangelizadores (cf. He.6,6; 13,3), cuando tienen que conseguir gracias especiales para los misioneros (cf. He.14,26; 15,40).
Cada momento de la vida lo iluminan con la oración. Cuando van a despedir unos hermanos, dice San Lucas: “nos pusimos de rodillas y oramos” (He.21,5); reciben otros hermanos dando gracias (cf. He.28,15). De modo especial los Apóstoles se dedican a la oración (He.3,1; 6,4; 22,17-18). Es tan frecuente la oración en estos primeros cristianos que hasta podían definirse como “los que invocan el nombre del Señor” (He. 2,21; 9,14.21; 22,16). Por tanto, la oración aparece en el libro de los Hechos como una característica de la primitiva comunidad (He.2,42).
Las nacientes comunidades cristianas, tan frágiles e impotentes al iniciar la evangelización del mundo, descubrieron que sólo la oración da seguridad y fuerza, abre las puertas de los corazones a la Palabra, lleva a entender los misteriosos planes de Dios, permite discernir y seguir fielmente las mociones del Espíritu, capacita para realizar las acciones sorprendentes que Dios confía a sus enviados, sostiene a los misioneros aun en pruebas sobrehumanas.
Igualmente hoy, sólo si llevan una vida de oración, las pequeñas comunidades podrán ser inundadas de nuevo por la luz y la fuerza del Espíritu para comprender la Palabra, para construir una auténtica fraternidad, para emprender la nueva evangelización, para lograr el advenimiento del Reino de Dios.

2. COMUNIDADES QUE ACOGEN LA PALABRA

La vida de las primeras comunidades empieza por la escucha y acogida de la Palabra. Después de Pentecostés, cuando los Apóstoles se “llenaron del Espíritu Santo” (He.2,4), Pedro habla a la multitud anunciando el misterio de Cristo muerto y resucitado. Terminada la predicación, nos dice San Lucas que “estas palabras les traspasaron el corazón y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (He.2,37).
Lo mismo sucede cuando se lleva la Palabra a los gentiles. Por ejemplo, Pedro le anuncia la Buena Noticia a Cornelio y a su familia y “el Espíritu Santo cayó sobre los que escuchaban la Palabra” (He.10,44). Cuando Pablo evangelizaba en Filipos, entre las mujeres que escuchaban estaba Lidia y “el Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo” (He. 16,14).
Ya que el Evangelio es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom. 1,16), Dios mismo se derrama y actúa en aquellos que acogen su Palabra (cf. 1 Tes. 2,13; 1 Cor. 2,4-5). La libertad humana puede rechazar y perder esta gracia, como ocurre en varios casos señalados por los Hechos de los Apóstoles (13,46; 17,32; 26,28). Pero para quienes la acogen, la Palabra se vuelve fuerza de salvación (He.13,26.38), germen de vida (He.5,20), libertad frente al pecado (He.2,38).
A partir del anuncio y de la acogida de la Palabra viene la conversión, el Bautismo, el don del Espíritu Santo, la firme adhesión a Cristo, y el comienzo de la comunidad a la que Dios agrega “los que se habían de salvar” (He.2,37-47; 8,12.38; 10,48). La comunicación de la gracia divina, que llega por la Palabra y los Sacramentos, hace que los que han creído se congreguen en la fraternidad, en el propósito de perseverar en la vida renovada y en el compromiso de dar testimonio.
Pero el primer anuncio no basta. Debe ser completado por una exposición más amplia de los misterios de fe. Por eso nos dice el libro de los Hechos que “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles” (He.2,42). Cuando se habla de “enseñanza” hay una referencia no ya a los rudimentos de la fe, sino a lo que hoy llamamos catequesis, una formación orgánica y sistemática que busca dar solidez al seguimiento de Cristo.
San Pablo, dirigiéndose a los Corintios, se compara a un arquitecto que puso la base de la construcción; quiere decir que él proclamó el kerygma (1 Cor.3,10-11). Pero no basta el cimiento, el primer anuncio, es necesario seguir construyendo. Podríamos decir que el gran secreto, la vitalidad, de las primeras comunidades cristianas está en su condición de evangelizadas. Nacen de la Palabra, del anuncio poderoso del Evangelio, pero continúan alimentándose constantemente de la “enseñanza de los apóstoles”.
Después, la vida exuberante que les da la Palabra, meditada y asumida, se comunica y contagia por todas partes. Cuando se ha acogido la Palabra, la evangelización no es una obligación o una carga, sino una necesidad interior incontenible. A la vez, este impulso evangelizador es el que vigoriza las personas y las comunidades. Sólo cuando las pequeñas comunidades acogen y anuncian la Palabra se fortalecen, crecen, presencian milagros, les nacen alas y avanzan.
3. COMUNIDADES QUE FORMAN TESTIGOS
Desde sus comienzos, la Iglesia sufre persecución. Como su Maestro, las primeras comunidades deben realizar su vida y cumplir su misión bajo el signo de la cruz. Esto aparece muy claro en la muerte de Esteban, el primer cristiano que da testimonio hasta la sangre. Como Jesús, muere amando e inmolándose por sus verdugos (He.7,54-60). Su muerte es fecunda y logra que el Evangelio se extienda fuera de Jerusalén y de Judea (cf. He.8, 4).
Después del martirio de Esteban, nos dice San Lucas que “se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén” y todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron (He. 8,1). Pedro y Juan son arrestados por predicar al pueblo (He.4,1-3); los apóstoles son azotados (He.5,40); Pedro volverá a ser llevado a la cárcel (He.12,3); Santiago muere a espada (He.12,2). Sin embargo, en todas partes dan testimonio porque no pueden dejar de hablar de lo que han visto y oído (cf. He.4,20).
Al constatar el éxito de su predicación, los judíos insultan a Pablo, indisponen a la gente contra él y lo sacan del territorio (cf. He.13,45-50; 14,2). Pablo debió sufrir constante oposición, dar testimonio del Evangelio en los tribunales y ser encarcelado (He.17,5-9.13-14; 18,12; 22,30; 23,34). En diversas ocasiones fue amenazado, azotado y apedreado hasta el punto de darlo por muerto (cf. He.9,23-29; 14,5.19; 16,22-24).
En su camino de apóstol, Pablo sentía que el Espíritu le aseguraba que, por todas partes, lo aguardaban “prisiones y tribulaciones” (He.20,23). A pesar de todo, no cesaba de dar testimonio anunciando el Reino de Dios (cf. He.28,23.31). El dar testimonio está profundamente vinculado a la vida del cristiano y de la comunidad. La orden de Jesús ha sido: “Ustedes serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (He.1,8).
La Iglesia, guiada y fortalecida por el Espíritu Santo, a lo largo de toda su historia ha dado testimonio de la santidad y del amor de Dios, de la presencia y fuerza salvadora de Cristo Resucitado, de la dignidad y del destino eterno de la persona humana. Del mismo modo que Jesús había anunciado que era preciso que el Hijo del Hombre sufriera, fuera reprobado y matado para resucitar (cf Mc 8,31), Pablo exhorta con claridad a las comunidades: “Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (He.14,22).
Las pruebas no son obstáculo para la misión de la Iglesia. Al contrario, pueden volverse una ocasión para anunciar el Evangelio. San Lucas mientras describe las dificultades en medios de las cuales los primeros cristianos daban testimonio, refiere igualmente que muchos abrazaban la fe, que la Iglesia crecía y se robustecía, que los discípulos quedaban llenos de alegría y del Espíritu Santo (He.5,41; 12,24). Así se cumplía lo que después dijo Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”.
El camino que estamos recorriendo en nuestras comunidades eclesiales debe formarnos, en un mundo que, de diversas maneras, sigue siendo adverso al Evangelio, para ser capaces de dar un testimonio valiente, con nuestra palabra y con nuestro ejemplo, de la vida nueva que iniciamos en el Bautismo. No le temamos a las dificultades y oposiciones, que el Espíritu del Señor está con nosotros para iluminarnos y fortalecernos en nuestra misión de ser apóstoles y testigos de Cristo.
4. COMUNIDADES QUE TODO LO COMPARTEN
La dimensión de la comunión o “koinonía” es sin duda la más resaltada en las descripciones que nos hacen los Hechos de los Apóstoles de las pequeñas comunidades (He.2,42). Esta comunión es fruto, más que de normas o de estructuras, de la acción del Espíritu Santo que, desde Pentecostés, produce una profunda unión de las personas que se abren de verdad al Evangelio. Como de un modo natural se vuelven “un solo corazón y una sola alma” (He.4,32).
Aunque esta unidad es esencialmente algo interior que lleva a todos los discípulos de Jesús a vivir con un mismo espíritu (cf. He.2,46;5,12), a pensar y sentir lo mismo (cf. He.4,32), tiene también sus expresiones externas. En efecto, la comunión producida por el Espíritu se revela en la cercanía de unos con otros, en la alegría en que viven juntos, en la unidad de criterios y afectos, en la fortaleza para asumir las pruebas (cf. He,2,46; 13,52; 16,23-25).
Pero la manifestación que más llama la atención y que más destaca San Lucas es la comunión de bienes. Se insiste en que “tenían todo en común” (He.2,44), que “vendían sus posesiones y sus tierras y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (He.2,45), que “nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era común entre ellos” (He.4,32), que “no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad” (He.4,34-35).
La razón por la que comparten todo es porque nadie consideraba propios sus bienes, sino que los tenían como un don recibido para el servicio de todos los miembros de un mismo cuerpo. El profundo sentido de fraternidad lograba borrar el arraigado concepto de posesión individualista para hacer que todo tuviera una destinación comunitaria. Así la comunidad cristiana puede realizar el profundo anhelo de igualdad entre las personas que anida en todo corazón humano y el deseo de Dios mismo expresado desde el Antiguo Testamento: “no habrá pobres entre Ustedes” (Dt.15,4).
El compartir los bienes hace que la comunidad aparezca como una realidad que despierta simpatía y atracción (cf. He.2,47; 4,33; 5,13), como un signo poderoso de la providencia de Dios para con cada uno de sus hijos (cf. Mt.6,30), como un fruto maduro de la acción del Espíritu Santo que liquida la mayor causa de división que existe entre los hombres: el egoísmo (cf. Gal.5,22).
Como el doctor de la ley, escuchemos nosotros la orden de Jesús de ir y hacer lo mismo en nuestras pequeñas comunidades (cf. Lc.10,37). En ellas debemos compartir con alegría nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestros bienes materiales y espirituales. Cuando compartimos, lejos de empobrecernos, siempre nos enriquecemos al participar todos de los dones que, para todos, hemos recibido del Señor.
5. LA FRATERNIDAD EN LA COMUNIDAD
Estamos empeñados en seguir creciendo en nuestra experiencia de comunidades eclesiales. Seguimos avanzando, por tanto, en hacernos más conscientes de la espiritualidad de comunión, en participar en las diferentes actividades, especialmente en las celebraciones litúrgicas.

 Estos pasos que vamos dando y las experiencias que vamos propiciando en nuestros grupos nos tienen que llevar a entender mejor el valor y la fuerza del término “hermanos” con el que el libro de los Hechos de los Apóstoles se refiere frecuentemente a los primeros cristianos  (1,15; 6,3; 9,30; 11,1; 12,17).

Jesús había dicho: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc.8,21). Esto se realiza efectivamente en una comunidad eclesial donde la Palabra de Dios va construyendo una verdadera familia con vínculos más fuertes y profundos que los de la carne y de la sangre.
Una de las manifestaciones de esta fraternidad es la acogida y la hospitalidad llena de afecto (cf. He.10,6.48; 15,33; 18,3.27; 21,4; 27,3; 28,14-15). También poner al servicio de los evangelizadores todo lo que necesitan (cf. 1 Cor.9,14). Igualmente, el orden que vive la comunidad guiada por los Doce (cf. He. 1,12-26; 6,2-6; 11,22; 15,22ss), a cuya cabeza está Pedro (1,15-22; 5,29; 10,1-48; 11,1-18;12,5).
Es muy significativo el modo como toman las decisiones. Después de invocar el Espíritu Santo, los miembros de la comunidad hacen un discernimiento. De esta manera, eligen el reemplazo de Judas (cf. He. 1,15-26), se instituyen los diáconos (cf. He. 6,1-6), se toma la decisión de no imponer la ley mosaica a los paganos (cf. He. 15,5-29).
Vemos así un admirable equilibrio. Bajo la guía del Espíritu, ni la fraternidad se convierte en anarquía destructiva, ni la autoridad degenera en imposición despótica y arbitraria. Todos aprenden a escuchar a Dios a través de los hermanos, bajo la guía de los Apóstoles.
Este es el estilo de comportamiento y de vida que debemos adoptar en nuestros grupos y comunidades, sintiendo cada vez más que la comunión no se consigue sólo con iniciativas humanas o con acuerdos externos, sino como consecuencia de la unión que el Espíritu Santo realiza en los corazones transformados por la gracia.
+ Ricardo Tobón Restrepo
Arzobispo de Medellín